Los datos muestran que Argentina tiene casi el doble de población que Australia y, sin embargo, la industria manufacturera australiana genera más valor agregado por habitante. Al mismo tiempo, aunque la manufactura representa alrededor del 7% del PIB australiano —frente al 16% de Argentina—, el ingreso por habitante es varias veces superior.
Según explica Pereira, los porcentajes relativos describen la estructura de una economía, pero no necesariamente su capacidad para generar riqueza. "Una industria que representa el 20% de una economía no necesariamente genera más riqueza que una industria que representa el 7% de una economía mucho más productiva", resume.
Esa diferencia cobra especial importancia para Argentina. Si durante los próximos años el agro, la minería, el petróleo y el gas crecen más rápido que el resto de la economía, la participación de la industria manufacturera podría disminuir sin que eso implique una caída de la producción industrial.
"Una economía puede cambiar su estructura y, al mismo tiempo, volverse más rica", sostiene el investigador. Incluso, agrega, la industria puede perder participación relativa en el PIB mientras aumenta su valor agregado por habitante.
La experiencia australiana
El trabajo analiza cómo Australia transformó sus recursos naturales en una plataforma para desarrollar capacidades industriales, tecnológicas y de servicios de alta productividad.
Lejos de limitarse a la extracción de minerales, la actividad minera australiana impulsa un amplio entramado de ingeniería, maquinaria, mantenimiento, automatización, software, transporte, logística, infraestructura y servicios ambientales.
"Una mina no es solamente una mina. También es una demanda de bienes y servicios especializados", afirma Pereira.
Según datos citados en el estudio, la minería emplea directamente a unas 240.000 personas. Sin embargo, el ecosistema de proveedores y servicios vinculados al sector —conocido como Mining Equipment, Technology and Services (METS)— sostiene alrededor de 1,1 millones de puestos de trabajo en todo el país.
Para el investigador, esa diferencia muestra que el verdadero impacto de los recursos naturales no termina en el empleo directo de las empresas extractivas, sino en las capacidades productivas que logran desarrollarse a su alrededor.
Qué puede aprender Argentina
Pereira aclara que las diferencias entre ambos países son importantes y que Argentina necesita construir su propio camino de desarrollo. Sin embargo, considera que la experiencia australiana ofrece enseñanzas valiosas.
"La cuestión no es replicar la estructura productiva australiana, sino comprender cómo Australia convirtió sus recursos naturales en una plataforma para desarrollar capacidades industriales, tecnológicas y de servicios de alta productividad", sostiene.
En ese sentido, afirma que la minería puede impulsar proveedores de bienes de capital, ingeniería y servicios tecnológicos; Vaca Muerta puede generar infraestructura, conocimiento y empresas especializadas; el agro puede profundizar la incorporación de maquinaria, biotecnología, software y servicios profesionales; y una mayor disponibilidad de energía puede atraer inversiones industriales que hoy no resultan viables.
"El desafío no consiste en elegir entre recursos naturales e industria. Se trata de utilizar los recursos naturales para desarrollar industria, tecnología y servicios de mayor productividad", resume.
El trabajo concluye que no existe un porcentaje "ideal" de industria que determine el desarrollo de un país. La pregunta relevante, sostiene Pereira, es otra: cuánto valor genera cada sector, qué productividad alcanza y de qué manera las ventajas naturales pueden transformarse en nuevas capacidades productivas.
"Australia no demuestra que Argentina deba copiar a Australia. Demuestra algo mucho más importante: que los recursos naturales pueden ser una plataforma de desarrollo y no una condena a la primarización", concluye.