OIL&GAS
VACA MUERTA TAMBIÉN TRANSFORMA LAS REFINERÍAS: LA REVOLUCIÓN QUE AVANZA PUERTAS ADENTRO
El crecimiento del shale oil argentino no sólo está modificando el mapa de la producción petrolera. A medida que aumenta su participación en el abastecimiento local, las refinerías deben adaptar equipos, procesos y condiciones operativas diseñadas originalmente para crudos de otras características. Un informe del Instituto de Energía de la Universidad Austral advierte que esa transformación puede requerir inversiones de decenas o cientos de millones de dólares y varios años de ingeniería y planificación.
os récords de Vaca Muerta suelen medirse en cantidad de pozos, barriles producidos, nuevos oleoductos y capacidad de evacuación. Sin embargo, una transformación mucho menos visible comienza varios kilómetros después, cuando ese petróleo ingresa a las refinerías argentinas.
Es allí donde las particularidades del shale oil empiezan a modificar una estructura industrial que fue construida y ampliada durante décadas para procesar una combinación diferente de crudos.
Así lo explica Ernesto Romito, autor del informe “La revolución silenciosa de Vaca Muerta: lo que está cambiando dentro de las refinerías”, publicado en agosto de 2026 bajo el sello del Instituto de Energía de la Universidad Austral. El trabajo señala que el petróleo no convencional argentino presenta diferencias relevantes respecto de los crudos históricamente procesados en el país y que mantener la productividad exige revisar equipos, procesos y formas de operación.
El primer cambio está en la propia composición del hidrocarburo. El shale de Vaca Muerta es más liviano, tiene menor contenido de azufre y posee una mayor proporción de componentes livianos. A primera vista se trata de una ventaja: de cada barril pueden obtenerse mayores volúmenes de GLP, naftas, querosene y gasoil, reduciendo al mismo tiempo la proporción de productos pesados.
Pero esa mejora potencial también tiene consecuencias industriales.
Romito explica que una refinería funciona como un sistema integrado, donde torres de destilación, hornos, intercambiadores, bombas, condensadores, reactores y cañerías trabajan dentro de parámetros muy específicos. Las instalaciones no se adaptan automáticamente cuando cambia la calidad del petróleo que reciben: fueron diseñadas para una determinada “dieta” de crudos y una modificación importante puede desplazar los límites de operación de diferentes sectores.
La transformación comienza a hacerse visible desde la destilación. Al contener una mayor cantidad de componentes livianos, el shale genera más vapor en las columnas, aumenta las velocidades internas y puede acercar las torres a sus límites hidráulicos. Incluso antes de esa etapa, la mayor volatilidad puede provocar que parte del petróleo comience a vaporizarse durante el precalentamiento, alterando el funcionamiento de los intercambiadores de calor.
A partir de allí aparece un efecto dominó.
Los hornos trabajan bajo condiciones distintas, los condensadores deben retirar más calor y pueden crecer las necesidades de agua de enfriamiento y electricidad. Bombas, válvulas, acumuladores y cañerías también quedan sometidos a exigencias diferentes de aquellas para las cuales fueron seleccionados originalmente.
El cambio continúa aguas abajo. Las unidades de craqueo, destinadas a transformar las fracciones pesadas en productos de mayor valor, pueden comenzar a recibir menos carga justamente porque el shale produce una proporción menor de esos componentes.
“El cuello de botella cambia de lugar”, resume el informe. Una limitación que anteriormente podía localizarse en las unidades de conversión puede trasladarse hacia la destilación primaria, los hornos, los condensadores, los sistemas de enfriamiento o los servicios auxiliares.
Esto significa que aumentar la participación de petróleo de Vaca Muerta dentro de una refinería no consiste simplemente en cambiar una materia prima por otra.
Según Romito, el proceso puede comenzar con ajustes relativamente menores, como modificar volúmenes, temperaturas o presiones, cambiar la mezcla de crudos u optimizar intercambiadores. Pero a medida que aumenta la proporción de shale pueden resultar necesarias ampliaciones en los sistemas de condensación, modificaciones de servicios auxiliares, incorporación de nuevos equipos y, finalmente, intervenciones estructurales en diferentes sectores de las plantas.
Inversiones que pueden llegar a cientos de millones de dólares
La adaptación tiene además una dimensión económica considerable. El informe calcula que, dependiendo de la magnitud de los trabajos, los proyectos pueden demandar decenas o incluso cientos de millones de dólares, junto con varios años de planificación y ejecución.
Cada modificación involucra estudios de ingeniería y seguridad, fabricación y montaje de equipos, nuevas cañerías, instalaciones eléctricas, automatización, inspecciones y procesos de puesta en marcha. Alrededor de esas obras también se genera una cadena de actividad especializada que incluye ingenieros, técnicos, soldadores, montajistas, instrumentistas, electricistas, operadores, empresas metalúrgicas y proveedores de servicios.
Hay además una dificultad adicional: las refinerías operan las 24 horas y muchas modificaciones relevantes sólo pueden realizarse durante paradas programadas. Eso obliga a coordinar ventanas de intervención muy precisas, debido al costo económico que supone detener total o parcialmente una instalación.
La conclusión del trabajo amplía así el alcance de la transformación que provoca Vaca Muerta. Las refinerías argentinas fueron diseñadas y modificadas durante décadas para procesar una combinación determinada de petróleos. El crecimiento del shale está cambiando esa dieta y obliga ahora a revisar cómo están configuradas y cómo funcionan.
Para Romito, recurrir a la importación de crudos similares a los tradicionales a medida que estos disminuyan podría ser una alternativa, aunque difícilmente resulte económicamente sustentable en el largo plazo. Por eso, la expansión de Vaca Muerta ya no termina en el yacimiento ni en los oleoductos: comienza a avanzar “equipo por equipo y proceso por proceso” dentro de las propias refinerías argentinas.